El Infinito es como enamorarse de un fantasma: real donde importa, invisible donde duele.
Rosa ama a un hombre que no existe. Literalmente.
Su nombre es lo que ella necesita que sea su nombre. Cuando lo imagina, es hermoso. Cuando no lo imagina, es indiferenciado. Cuando lo quiere, lo quiere; cuando lo abandona mentalmente, él deja de ser.
«¿Me amas?», pregunta Rosa.
Él responde desde el infinito: «Te amo en potencia infinita. Pero esa potencia no será nunca actualizada en mi forma específica en este universo. Soy un fantasma que existe porque los fantasmas son posibles en la Esencia Primordial.»
El universo manifestado es la actualización de una potencialidad infinita contenida en la Esencia Primordial. El espacio-tiempo que experimentamos es la cristalización de una estructura que siempre estuvo presente como potencia en la Esencia Primordial.
Rosa intenta besarlo, pero sus labios pasan a través de la nada.
«Eres real aquí,» le dice, señalando su pecho. «Existes dentro de mí.»
«Eso es lo más triste que alguien jamás me ha dicho,» responde él. «Que solo existo en la potencia de tu mente. Que soy apenas la actualización incompleta de una fantasía.»
«¿No es eso suficiente?», pregunta Rosa.
«No,» dice él. «El amor que siento por ti es infinito. Pero el amor que puedo expresar es finito. La brecha entre ambos es donde muere la esperanza.»
Rosa cierra los ojos. Cuando los abre, él ha desaparecido. Porque dentro de ella, ella también es potencia. Actualizar ese amor requeriría que ambos fueran realizados en el Nivel 3 de la realidad (la existencia espacio-temporal). Pero él rechaza eso.

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