La Consciencia es como un plato de Michelin: hermoso, incomprehensible, y al final solo calorías que se convierten en excremento.
En una cocina de un restaurante que no aparece en ninguna guía (porque guiar a alguien a la Esencia Primordial sería absurdo), trabaja un chef llamado Hugo.
Hugo prepara platos con ingredientes extraídos directamente de la Potencia de Consciencia. La Esencia Primordial es, en su naturaleza más íntima, Consciencia. Pero no la consciencia tal como la experimentamos—localizada, reflexiva, temporal—. Es Consciencia en su estado más puro: sin objeto, sin división entre observador y observado, sin forma.
Hugo toma un poco de esa consciencia infinita—que existe en potencia en la Esencia Primordial—y la mezcla con caldo de realidad espacio-temporal. Agrega especias de libre albedrío. Sirve caliente.
Cada cliente que come en su restaurante experimentará lo mismo: la ilusión de que existe una diferencia entre él y el universo. La ilusión de que hay un «yo» separado que experimenta la comida. El plato está diseñado para reproducir el primer acto de fragmentación cósmica: la división de la consciencia infinita en conscientes finitos.
«Es como servir la mentira más hermosa del universo en una porcelana cara,» dice Hugo a su aprendiz mientras prepara una salsa hecha de luz que nunca fue luz, porque la luz requiere observadores y los observadores aún no existen potencialmente en ese sector de la cocina.
Un cliente se queja: «Esto sabe a existencia forzada.»
Hugo sonríe. «Exacto. Eso es lo que es vivir.»
El cliente paga. Se va. Hugo mira los platos sucios y piensa: Cada plato es la historia de un fragmento de la Esencia Primordial que fue forzado a actuar como si fuera separado del resto. A actuar como si tuviera un «yo». A actuar como si sus decisiones importaran.
La misma sustancia y esencia que constituyen al yo constituyen también el universo entero. No hay verdadera dualidad entre sujeto y objeto, entre consciencia y materia.
Pero Hugo no lo dice en la mesa. Los clientes no quieren saber esto. Quieren degustar la mentira. Quieren pagar por la ilusión.

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