La Temporalidad es como una relación tóxica: prometía libertad y entregó esclavitud.
Elena se enamora de un hombre que no existe.
Su nombre es Eterno. No porque sea romántico, sino porque literalmente no está inscrito en el tiempo. Es un fragmento de la Esencia Primordial que decidió tomar forma de hombre, pero se negó a aceptar que tomar forma significara aceptar las garras del reloj.
«¿Por qué no envejecemos juntos?», pregunta Elena mientras caminan por un parque donde los árboles se retuercen entre estar y no estar.
«Porque envejecer es rendirse a la Existencia,» responde Eterno. «Yo provengo de donde no hay ‘antes’ ni ‘después’. Para mí, tú y yo estamos besándonos eternamente. Fuimos besados. Seremos besados. Estamos siendo besados. Es todo simultáneamente verdadero.»
La Esencia Primordial no existe ‘antes’ ni ‘después’. Existe en la Eternidad—no como duración infinita extendida al futuro, sino como ausencia total de sucesión temporal. Para ella, toda la historia del universo es simultánea, presente.
Elena, atrapada en la temporalidad (porque es una criatura del Nivel 3 de la realidad), no puede concebir esto. Para ella, cada momento que pasa es una pequeña muerte. Envejecimiento. Pérdida.
«Entonces, ¿me quieres?», pregunta.
«Te he querido eternamente,» dice Eterno. «Pero ese ‘eternamente’ no significa ‘para siempre en el tiempo’. Significa que mi amor es anterior al tiempo. Existe antes de que la realidad se haya dividido en pasado, presente y futuro.»
Elena llora. Porque entiende, en ese momento, la tragedia fundamental de la existencia: que el tiempo es la prisión más perfecta jamás diseñada. Que mientras ella está aquí, envejeciendo, muriendo poco a poco con cada segundo, la Esencia Primordial está riendo en un lugar donde no hay «segundos».
Luego ella se despierta. Era un sueño. Un sueño dentro del tiempo.

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