La Libertad es como el menú de un restaurante: miles de opciones, pero solo puedes elegir una.
Una mujer llamada Marta vive en un convento. Es virgen por opción, no por obligación.
O eso cree.
Un día, un ángel (que es un fragmento de la Esencia Primordial disfrazado de visitante) viene a su celda.
«Dios quiere que sepas la verdad,» dice el ángel.
La Esencia Primordial es eterna, no existe «antes» ni «después», existe en la Eternidad como ausencia total de sucesión temporal. Para ella, toda la historia del universo es simultánea, presente.
«¿Qué verdad me quieres transmitir?»
«Que todas tus opciones fueron predeterminadas. Tu ‘elección’ de ser virgen fue actualizada por el Principio Ordenador Cósmico hace 13.8 mil millones de años. Desde la perspectiva de la Esencia Primordial, ya lo hiciste. Ya lo estás haciendo. Ya lo harás. Todo simultáneamente.»
Marta tiembla.
«¿No soy libre entonces?»
«Eres libre,» dice el ángel, «en el sentido de que tu actualización específica es la que querías. Pero no eres libre en el sentido de que pudiste haber querido algo diferente. La brecha entre esas dos libertades es donde vive la angustia.»
«¿Por qué me dices esto?»
«Porque en la Eternidad, ya decidiste que querías saberlo. Esta conversación ya ocurrió, está ocurriendo, y ocurrirá. Es un nudo en el tejido de la realidad.»
Marta mira por su ventana de la celda. Ve a otras mujeres fuera viviendo vidas diferentes: amando, pariendo, revolucionando, creando.
«¿Ellas también son libres de la forma que yo soy libre?»
«Sí. Y no. Todas ustedes actualizaron la potencia de la Esencia Primordial de formas diferentes. Pero todas ustedes lo hicieron. Ni una sola se rebeló. Ni una sola dijo: ‘Rechazo la actualización’. Ni una sola regresó a la potencia infinita.»
«¿Podría hacerlo yo?»
«Ya lo hiciste,» responde el ángel. «En otra rama de la Esencia Primordial que se actualizó diferente. Pero en esta, no. En esta, Marta es virgen eterna. Es tu patrón. Es tu marca. Es lo que serás siempre, desde el principio, en la eternidad.»
El ángel desaparece.
Marta llora. No porque sea infeliz con su elección. Sino porque comprende que su elección fue libre exactamente en la medida en que fue determinada. Y que eso es la definición misma de la esclavitud bien diseñada.

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