
Esta perspectiva conlleva una teleología ética profunda. Si la sustancia de la que estamos tejidos es la misma en cada punto del universo, la separación es una ilusión o Māyā. La interconexión se convierte en un imperativo moral: dañar a otro es, literalmente, dañar la propia esencia.
En conclusión, la síntesis entre la física de vanguardia, la neurociencia no-local y la mística perenne nos ofrece un regreso a casa. La paradoja de ser finito se resuelve al reconocer que la finitud es solo las gafas a través de las cuales el Infinito se observa a sí mismo. No somos máquinas biológicas en un universo inerte; somos la consciencia misma despertando en la materia.
El viaje no termina en la desaparición del ser, sino en el descubrimiento de que el ser nunca tuvo límites.