
Para el observador que contempla el cosmos no como un escenario ajeno, sino como su propia extensión, la pregunta fundamental del ser es ineludible: ¿Qué soy yo? Esta interrogante no es una mera curiosidad académica, sino un grito existencial que resuena desde los oráculos de Delfos hasta los laboratorios de neurociencia contemporánea. Miguel de Unamuno capturó esta agonía en su reflexión sobre el hambre de inmortalidad: el dolor de un ser que se sabe finito pero anhela lo infinito.
La visión hegemónica del materialismo fisicalista ofrece una respuesta desoladora: el «yo» es una feliz, o a veces trágica, ficción sináptica. Según esta perspectiva, somos un conjunto complejísimo de neuronas y química orgánica que se extinguirá cuando el soporte material colapse. Sin embargo, esta visión reduce la riqueza del ser a un accidente químico, dejando sin respuesta el misterio del qualia: esa cualidad innegable de experimentar el sabor del café o el color rojo. Proponemos dar un giro radical: el cerebro no es la fuente de la consciencia, sino su receptor.
No somos fragmentos finitos buscando un infinito; somos el Infinito experimentando la finitud.