
El grito existencial humano —nuestro anhelo de infinitud mientras experimentamos finitud— adquiere nuevo significado en esta cosmovisión. Somos finitos porque la Esencia Primordial ha elegido actualizarse en formas limitadas, localizadas, temporales.
La Esencia Primordial es infinita, omnisciente, omnipotente. Pero esta infinitud es potencial, no manifestada. El Acto de Separación sacrifica deliberadamente la infinitud por la manifestación finita. Cada ser consciente es una renuncia de la omnisciencia infinita a favor de la experiencia intensiva de un momento, un lugar, una perspectiva particular.
Este no es un fracaso de la realidad. Es su máxima audacia. El Infinito ha elegido experimentarse a sí mismo como finito para experimentar lo que solo es posible dentro de limitaciones: el crecimiento, el cambio, el riesgo, la muerte.
El anhelo humano de infinitud no es neurótico o ilusorio. Es la intuición correcta de que participamos en algo infinito. Porque procedemos de la Esencia Primordial, ya que somos localizaciones del Principio Ordenador Cósmico, hay efectivamente algo en nosotros que es eterno, que no puede ser destruido.
Sin embargo, este algo no es el Yo individual. Es la Consciencia misma, el POC que se expresa a través de nosotros. Cuando reconocemos esto profundamente, el terror a la muerte se transforma. El Yo morirá, pero aquello que verdaderamente es nunca nació y nunca morirá.